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:::::::::::::: Reto Uno :::::::
-- 15 --
John Gottman describe su descubrimiento de que escuchar realmente funciona:
Recuerdo el día en que descubrí que Entrenar con Emoción (el acercamiento del autor
a escuchar con empatía) podría funcionar con mi propia hija, María.  Ella tenía dos
años y estábamos en un vuelo de regreso a casa luego de visitar nuestros familiares. 
Aburrida, cansada y enojada, María me pidió a Zebra, su peluche favorito y objeto de
comodidad.  Desafortunadamente, habíamos guardado la criatura en una maleta que
se fue con el resto del equipaje.  “Lo siento, querida, pero no podemos tener a Zebra
ahora.  Está en la maleta grande en otra parte del avión,” le expliqué.  “Quiero a
Zebra” pidió llorosa.  “Lo sé, mi amor, pero Zebra no está aquí, está con el equipaje
debajo del avión y papá no puede buscarlo hasta que nos bajemos del avión.  Lo
siento.”   “¡Quiero a Zebra, quiero a Zebra!” gritó enojada.  
Entonces comenzó a llorar, moviéndose en su asiento protector y tratando de
conseguir una bolsa en el piso de donde ella me había visto sacar una merienda.  “Yo
sé que quieres a Zebra,” le dije sintiendo mi presión elevarse, “pero no está aquí y no
puedo hacer nada para conseguirlo.  ¿Por qué no leemos sobre Enrique?” dije,
buscando uno de sus libros con dibujos favoritos.  “¡Enrique, no!” gritó enojada, “Yo
quiero a Zebra, lo quiero AHORA.”  En este momento ya estaba recibiendo miradas
de “haga algo” de los demás pasajeros, de las aeromozas, de mi esposa, sentada al
otro lado de la fila.  Miré la cara de María, roja del coraje e imaginé cuán frustrada se
debía sentir.  Después de todo, ¿no era yo el que podía servirle un emparedado de
mantequilla de maní cuando ella lo demandaba o hacer que aparecieran dinosaurios
grandes violetas en el televisor con solo tocar un botón?  ¿Por qué le estaba negando
su juguete favorito?  ¿No entendía yo lo mucho que ella lo quería?  Me sentí mal y
luego se me ocurrió: Yo no podía conseguir a Zebra, pero podía ofrecerle la segunda
mejor opción—el consuelo de papá.  
“Desearías tener a Zebra ahora,” le dije.  “Sí,” respondió triste.  “Y estás
enojada porque no lo podemos buscar ahora mismo.”  “Sí.”  “Desearías tener a Zebra
ahora mismo,” repetí, mientras ella me miraba con curiosidad, casi sorprendida.  “Sí,”
dijo bajito, “lo quiero ahora.”  “Estás cansada y oler a Zebra y acariciarlo te haría
sentir bien.  Yo desearía que pudieras tener a Zebra para acariciarlo.  Aún mejor, yo
desearía que pudiéramos salirnos de los asientos y encontrar una cama grande y
blanda llena de todos tus animales y almohadas donde pudiéramos acostarnos.”  “Sí,”
ella accedió.  “No podemos tener a Zebra porque está en otra parte del avión,” le dije. 
“Eso te hace sentir frustrada.”  “Sí,” suspiró ella.  “Lo siento mucho,” dije, viendo
cómo la tensión se iba de su cara.  Ella recostó su cabeza en su asiento protector. 
Continuó quejándose suavemente varias veces más, pero estaba más calmada.  En
pocos minutos se durmió.  
Aunque María tenía dos años, ella sabía claramente lo que quería—su Zebra. 
Una vez comenzó a darse cuenta de que conseguirlo era imposible, no estaba
interesada en mis excusas, argumentos o entretenimientos.  Mi validación, sin
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